LA RENTABILIDAD DE LAS DADIVAS
Avelino Reyes Pech
Durante el presente fin de semana, la fracción parlamentaria que en los últimos siete años ha fortalecido a su partido con la inspiración de Agustín Lara “vende caro tu amor”, ha enviado a sus sufridos legisladores federales a relajarse en uno de los paraísos turísticos nacionales a fin de que se mantengan inspirados durante una reunión que empieza el lunes. Parece que como nuestros abnegados representantes populares apenas perciben como ingreso el salario mínimo supongo que como muchos de sus representados, su virtuoso líder no tuvo más remedio que “negociar” para que parte del dinero de los causantes fiscales cautivos sirvan para alquilar en “hotel exclusivo 130 cuartos con la suite presidencia, cuyos lujos se cargará al erario” es decir, a dinero ajeno a los emolumentos que con gota gorda merece los talentosos diputados.
La nota reproducida en la prensa local dice mucho más cualquier retórica partidista. La política y “los políticos profesionales” se empeñan en fortalecer con sus actos, los argumentos de sus críticos quienes sostienen que los legisladores no pasan de ser sólo una carga onerosa para los intereses y el patrimonio de la sociedad; un grupo sin la menor autoridad moral y empeñados pregoneros del útil proverbio “hágase la voluntad de dios en la milpa de mi compadre” o lo que es lo mismo “no me den, póngame donde hay”
Cuando Aguilar Camín habla de la sociedad peticionaria y del pedagogo del ciudadano peticionario afirma de ambas cosas como sobrevivencia de la vieja sociedad colonial en donde en lugar de gobierno tenemos tutores que no necesitan rendir cuentas; mismos que a falta de ciudadanos tienen súbditos; que en lugar de ser administradores de lo público, son sus dueños. En este caso, el dinero del gobierno es público y por tanto se puede disponer de él sin responsabilidad real. Cuando mucho se cubren formas legaloides ad hoc pero con propósitos y destinos inconfesables.
Al mismo tiempo, los pedagogos del ciudadano peticionario han encontrado en la miseria económica y cultural de la población la rentabilidad que no han logrado obtener nuestros nunca bien ponderados banqueros: vivir de la renta de los recursos ajenos. El procedimiento es simple: hacer una sociedad pobre porque la pobreza es la vía para corromper la política. Después de todo es más barato mantener la práctica asistencialista que generar estructuras para elevar las condiciones de subsistencia popular; es menos riesgoso obtener fotografías y pagar inserciones periodísticas con imágenes repartiendo dádivas que crear comunidades autónomas de gestión de soluciones permanentes.
Por eso cada vez son más caros los votos electorales; por eso cada vez son más onerosas las campañas políticas; por eso los partidos políticos se tornan menos necesarios. El camino trazado por los representantes políticos ha mantenido un status tal en donde como decía el autor citado “la influencia, no la ley” es la regla. El cargo es lo de menos, el partido donde se milite no es importante; el interés se cifra en cómo hacer rentables las dádivas como procedimiento político. No es casualidad por eso el canibalismo que se practica al interior de los grupos políticos para obtener un cargo público y que las instancias de combatir el crimen y la inseguridad se nutran de defecciones oficiales y morales. El objeto es fácilmente intuitivo; se trata de mantener la pobreza y la despolitización de la sociedad para que se conserve la necesidad de la dádiva y poder sembrar la corrupción del ejercicio político.
Mientras en Cancún hay fasto, boato, suntuosidad, ostentación de los diputados y sus familiares, los mineros, los ejidatarios, los policías de tránsito y los confinados a las oficinas públicas y privadas sobreviven los rigores de los precios de la llamada canasta básica que en realidad ni es canasta ni llega a básica. El país sigue su marcha con empresarios ricos y empresas pobres; funcionarios y representantes políticos de vida principesca y población en la miseria.
Xalapa, Ver. 20 de enero de 2008
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