Dentro de unos cuantos días, afortunadamente muy pocos, habrá pasado el show histriónico bautizado con el pseudónimo de proceso electoral. Se empezarán a cuantificar las enormes cantidades que algunos personajes en el rol de candidatos de los partidos políticos habrán invertido en pos del 2010. Lo que la ingenuidad nacional les haya entregado de nuestros mermados haberes fiscales es lo de menos, lo que es más trágico para la sociedad es en lo que los políticos en el poder o los poderosos en la política habrán convertido el patrimonio cívico.
Cuando en el año 2000 se eligió como Presidente de México a una persona de partido político diferente al que durante 70 años convirtió en patrimonio de grupo muchos recursos nacionales cobijado en la simulación y la complicidad, los ciudadanos tuvimos una borrachera nacional que duró muy poco. Pronto el gozo se fue al pozo. La idea de que por fin empezábamos a vivir una “transición a la democracia” pronto mostró su fugacidad. La persona electa no sólo estaba envuelta en estuche de mercadotecnia sino que se soslayaba en exhibir su frivolidad y analfabetismo en asuntos de Estado. Vicios, simulaciones, omisiones y desprecios a los mexicanos continuaron o empeoraron dando como fenómeno el regreso en muchos casos, de lo que hace poco de seis años era repudiado.
Los acontecimientos que vivimos los veracruzanos con el pretexto de la elección de alcaldes y diputados locales ha dejado en harapos al más sólido optimismo en el futuro de nuestra entidad. Si alguna vez alguien creyó que los partidos políticos son entidades de interés social, las “campañas” por las que sin pedirlas estamos soportando, son más que señales de cuán engañados estábamos. ¡Cuánta ingenuidad, cuánta desilusión, qué dura realidad. Un proceso que debía ser recurso cívico de los veracruzanos para ventilar la vida política y una periódica oportunidad para la discusión de inteligencias, perspectivas ideológicas y méritos personales de aspirantes a cargos públicos fue convertido en denigrantes oportunidades para corromper a muchos electores, enaltecer la prioridad del pragmatismo oportunista, uso y abuso de la pobreza económica y exhibición insultante de la abundancia económica en poder o en propiedad de candidatos que justifica así lo que en un periódico local insertaba con cierta creatividad: ¿cuánto cuesta un puesto público?
Pero las cosas no terminan ahí. Esta situación dejó manifiesto otro problema: la terrible inequidad de los candidatos. Mientras unos deambulaban por calles cargando y entregando personalmente sus propios materiales promocionales, otros exhibían modernos medios de transporte, cargamentos de artículos y enseres para corromper a ciudadanos sumidos en la miseria económica o política. Al mismo tiempo que unos candidatos o candidatas repartían modestos volantes a los transeúntes u ocasionales agrupaciones, otros sonreían en las coloridas pantallas de televisión, transmitían programas radiofónicos o celebraban concurridos festivales masivos cual circo romano. Mientras todo esto transcurría, el nunca bien ponderado IEV se desgañitaba tratando de justificar más presupuesto para pagar o simular “debates” a los que los candidatos hicieron el más sonado desprecio.
“Aún hay más” usaba como lema un fallecido animador de gustado programa televisivo. Entre tanto, dos de los partidos más favorecidos en cargos públicos o de elección se desgarran las vestiduras para gritar contra la “elección de Estado” haciendo honor a aquello que reza “hágase la voluntad de dios, en la milpa de mi compadre” mientras la danza de colores en edificios, puentes o prendas inundaba la vista, por otro lado se denunciaba el uso de recursos o programas de gobierno federal para comprar conciencias. Que funcionarios usen un derecho para hacer proselitismo electoral no es la cestión; el asunto es definir si lo legal concede legitimidad y equidad; todos claman por la paja en el ojo ajeno puesto que si se analizara con será fácil decidir quienes son autores o promotores de elección de estado.
El tiempo, juez de la historia, dirá quién usó y abusó de la ingenuidad, ignorancia o impotencia ciudadana en una actividad que pudo ser un poderoso instrumento para la transición democrática pero que se ha usado sólo para una campaña de regresión en la vida cívica y política Unos dirían “lástima margarito”. Quizás, pero también es cierto que decía alguien: sin utopías no hay historia, ni sociedad humana. Apostemos a que si la escuela no toma entre sus funciones educar para el civismo, los ciudadanos reaccionarán algún día no sólo contra el calentamiento global, sino a la voz de los veracruzanos y mexicanos que no han perdido su capacidad de indignación. Entonces veremos campañas electorales y no su caricatura, equidad y no avallasamiento económico. Ya no seremos sociedad pobre con candidatos opulentos. “Que así sea”
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