En sendos lugares públicos de la capital del país, previo anuncio de los interesados, se escenificaron actos del “grito del 15 de septiembre” bajo signos políticos, ideológicos económicos, sociales y partidistas diferentes o francamente antagónicos. Independientemente de que esta particularidad se haya extendido o no a otras entidades geográficas del país, lo que es “tradición” es que la noche del “grito” ha tenido dos escenarios claros: el pan (alimento,no partido político) para los “invitados de palacio” y el circo para el pueblo. Dos marcos; un solo símbolo. La distracción mediática que adormece la conciencia y el disfrute palaciego de unos cuantos selectos a discreción del gobernante. Estos hechos tan repetidos como fugaces no tendrían mayor proyección si no se repitieran en contrario a otros más significativos para lo que se dice conmemorar.
Así se tiene que mientras los “gritos” fervorosos palaciegos se suceden en la noche del 15 de septiembre en nuestra “geografía” con procedimientos casi mecánicos en donde el civismo es sustituido por la alegría intrascendente que se aproxima a la trivialidad, los lectores de las noticias nos enteramos de que sólo 26 por ciento ( es decir, la cuarta parte de los examinados) de los niños de tercero de primaria en el país pudo reconocer los símbolos patrios, suponiendo que los datos sean válidos y la interpretación especializada al respecto sea confiable.
En el mismo medio en donde se difunden estos datos, el Director de la Oficina de Educación y Globalización de la Universidad de Harvard, alma mater de conocidos neolíderes políticos y económicos que han ingresado a nuestra historia nacional reciente, considera que “será difícil que México pueda consolidar su democracia” con base en la formación cívica de sus niños si se tiene en cuenta que “hoy los infantes no logren distinguir entre el papel de las organizaciones sociales, la constitución y los partidos”
Dudo si en estos multicolores momentos, a alguien la interesa o le otorga cierto significado a los símbolos patrios más allá de los ritos políticos o escolares. Es probable que como dice la ilustre Ikram Antaki, mexicana por elección y por amor, estamos produciendo una ciudadanía sin civismo en proporción inversa a la organización d actos cívicos.
Con actitudes más de acatamiento que de responsabilidad pedagógica, el magisterio y sus directivos escolares han colaborado desde siempre proporciona el número humano para los actos organizados en nombre de la patria y el fervor cívico. Los alumnos que acuden, con la alegría y el candor juvenil, contribuyen decididamente al lucimiento de tales remembranzas, pero cuando se les pregunta por los contextos históricos, causas externas e internas que dieron lugar a los hechos y personajes recordados, vigencia o traspolación de los mismos, no sólo manifiestan desconocimiento y omisión de los datos históricos, sino lo que es peor, los sustituyen distorsionándolos lamentablemente con imágenes pueriles desde el punto de vista histórico.
Hace poco era motivo de la discusión nacional sobre una reforma de asignaturas en la secundaria por el recorte que se hizo a la enseñanza de la historia. El tiempo ha hecho evidente que el argumento esgrimido por la Secretaría de Educación Pública para imponer la modificación curricular fue insuficiente si no es que profundamente inválido
Con motivo de “las fiestas patrias”, un periódico de la capital del país solicitó la opinión de escritores e historiadores. En sus respuestas Fernando del Paso alude a una “lamentabilísima” encuesta difundida en la televisión entre niños de 10 y 11 años a quienes se les preguntaba por un héroe de la independencia y los escolares nombraban a Porfirio Díaz. Paco Ignacio Taibo II propuso que la celebración debería ser un debate popular con el propósito de que los mexicanos de la calle, los destinatarios de las telenovelas, las víctimas del neoliberalismo que los vuelve más pobres accedan a información, imágenes, ideas sobre la independencia en lugar de las celebraciones especie de Disneylandia. Hasta aquí Taibo II.
Sin pasado, el presente carece de sentido. La historia hace obligatorio el civismo porque éste es civilidad y la convivencia en sociedad es producto de la historia en cuyo seno nació el interés público paralelo al interés privado. A ese propósito, la distinguida autora siria citada dice que lamentablemente hemos pasado de la historia grande a las historias, luego a las anécdotas; estamos hoy en plenas fábulas: hemos pasado del sustantivo al adjetivo, como sucede en el marco de nuestras fiestas patrias.
Cuánta razón tiene nuestra ilustre autora siria ciada cuando dice que el sujeto ideal del reino totalitario es el hombre para quien la distinción entre realidad y ficción, entre verdadero y falso ya no existe. Es cierto que vivimos cambios, pero vale la pena preguntar si estos cambios son necesariamente progresos. Si los cambios que vemos son capaces de generar o matar la esperanza entre los que celebran la patria en las calles y plazas; los que en lugar de vino o champan, viandas o abundancia, reciben música comercial o imágenes al estilo televisa, mientras el civismo, la historia nacional juegan el papel de asuntos olvidados, ignorados o francamente despreciado por el pecado de no generar utilidades.
Lo único cierto es que en nuestra galería conmemorativa, los héroes se vuelven color y la historia se da en estancos, o lo que es lo mismo, cada quien su patria.
Xalapa, Ver. 17 de septiembre de 2007.
vinorey@gmail.com